GUION COMPLETO

NARRADOR:

Aquel domingo parecía que todo San Jerónimo había abandonado sus casas para reunirse en el corral principal.

Hombres con sombreros.

Mujeres.

Familias completas.

Jóvenes sentados sobre las cercas.

Ganaderos llegados de pueblos vecinos.

Incluso algunos de los jinetes más conocidos de la región habían hecho el viaje.

La razón estaba de pie en medio del ruedo.

Un caballo negro.

Grande.

Elegante.

De crines largas.

Patas fuertes.

Y una mirada que parecía examinar a cada persona que se acercaba.

Su nombre era Soberano.

Y durante los últimos meses se había ganado una reputación que crecía con cada historia que se contaba.

Algunos decían que nadie podía permanecer sobre él más de diez segundos.

Otros juraban que había derribado a los mejores jinetes de tres pueblos.

También circulaban historias mucho más exageradas.

En San Jerónimo, las historias sobre caballos siempre crecían un poco con cada persona que las repetía.

Pero algo sí era cierto.

Soberano no confiaba fácilmente en nadie.

Su propietario actual era Ramiro Cárdenas, un ganadero de cincuenta y tantos años.

Bigote oscuro.

Sombrero blanco.

Camisa color vino.

Chaleco negro.

Y una seguridad tan grande que a veces parecía arrogancia.

Ramiro sostenía las riendas mientras hablaba frente al público.

RAMIRO:

—Señores, ya conocen las reglas.

El público comenzó a guardar silencio.

Ramiro levantó una mano.

RAMIRO:

—No quiero escuchar mañana que alguien dijo que escondimos algo.

—Este caballo está aquí.

Señaló a Soberano.

RAMIRO:

—Y cualquiera que crea que puede montarlo tiene la oportunidad.

Algunas personas comenzaron a comentar.

Ramiro sonrió.

Sabía perfectamente el efecto que aquello producía.

RAMIRO:

—Pero una cosa les digo.

Hizo una pausa.

RAMIRO:

—No confundan valor con imprudencia.

Un hombre del público gritó:

HOMBRE:

—¡Entonces súbete tú!

Las gradas estallaron en risas.

Ramiro sonrió.

RAMIRO:

—Yo soy el dueño.

—No necesito demostrar nada.

Otra voz respondió:

VOZ:

—¡Qué conveniente!

Más risas.

Ramiro levantó el sombrero.

RAMIRO:

—El que quiera demostrarlo tiene el caballo delante.

Y entonces una mujer salió de entre el público.

Su nombre era Marta Escobedo.

Tenía cuarenta y seis años.

Había crecido en un rancho.

Sabía montar.

Tenía carácter.

Y llevaba veinte minutos escuchando a varios hombres hablar de Soberano como si estuvieran frente a una criatura imposible.

Marta cruzó la cerca.

MARTA:

—Déjeme montarlo.

El murmullo se convirtió inmediatamente en silencio.

Ramiro la miró.

RAMIRO:

—¿Perdón?

Marta señaló al caballo.

MARTA:

—Dije que quiero montarlo.

Ramiro soltó una pequeña risa.

RAMIRO:

—Doña Marta, esto no es un caballo para pasear.

Ella se acercó.

MARTA:

—¿Y quién dijo que vine a pasear?

Algunos comenzaron a aplaudir.

Ramiro dejó de sonreír.

La tarde acababa de ponerse interesante.


MARTA NO ERA UNA PRINCIPIANTE

Marta llevaba montando desde niña.

Su padre había tenido caballos.

Su esposo, Jacinto, también había trabajado con ganado durante años.

Cuando era joven, Marta había participado en pequeñas competencias regionales.

Después se casó.

Llegaron responsabilidades.

Trabajo.

Familia.

Dejó las competencias.

Pero nunca dejó de montar.

Por eso le molestaba escuchar que Ramiro hablaba como si solamente los hombres del pueblo pudieran intentarlo.

RAMIRO:

—¿Está segura?

Marta respondió:

MARTA:

—Completamente.

Ramiro miró hacia un hombre que estaba junto a la cerca.

Era Jacinto.

Sombrero marrón.

Cabello gris.

Rostro serio.

RAMIRO:

—¿Y su marido qué dice?

Marta inmediatamente giró.

MARTA:

—¿Y quién dijo que mi marido decide si puedo montar un caballo?

El público reaccionó.

Algunos rieron.

Otros aplaudieron.

Jacinto cerró los ojos.

Conocía perfectamente a su esposa.

Y sabía que aquella respuesta iba a llegar.

Ramiro levantó las manos.

RAMIRO:

—Está bien.

—Era una pregunta.

Marta respondió:

MARTA:

—Pues ya tiene la respuesta.

Jacinto finalmente habló.

JACINTO:

—Marta.

Ella lo miró.

JACINTO:

—Ese animal no es como los nuestros.

Marta respondió:

MARTA:

—Sigue siendo un caballo.

Jacinto caminó hacia ella.

JACINTO:

—Precisamente.

Bajó la voz.

JACINTO:

—Y tú sabes que cuando un caballo no quiere que alguien suba, no importa cuántos años lleves montando.

Marta permaneció seria.

No era una mujer irresponsable.

Sabía que su esposo tenía razón.

Pero también había notado algo extraño.

Mientras todo el mundo hablaba de Soberano como un animal agresivo, ella no veía exactamente eso.

Veía nerviosismo.

Tensión.

Desconfianza.

Pero no maldad.

Marta preguntó:

MARTA:

—¿Quién lo entrenó?

Ramiro dejó de sonreír.

RAMIRO:

—¿Qué importa?

Marta miró al animal.

MARTA:

—Muchísimo.


EL HOMBRE DE CAMISA AZUL

Desde uno de los laterales del corral observaba un hombre llamado Samuel Ríos.

Tenía treinta y nueve años.

Camisa azul.

Sombrero café.

Botas gastadas.

Trabajaba en ranchos desde hacía más de veinte años.

No era propietario de grandes tierras.

No tenía caballos costosos.

No participaba en competencias importantes.

Era peón.

Entrenador cuando alguien necesitaba ayuda.

Reparador de cercas cuando hacía falta.

Y hombre de confianza para muchos ganaderos.

Samuel llevaba toda la mañana prácticamente sin hablar.

Pero miraba a Soberano de una manera distinta.

Cuando Marta preguntó quién lo había entrenado, Samuel levantó la cabeza.

Ramiro lo vio.

Por apenas un instante sus miradas se cruzaron.

Y Marta lo notó.

MARTA:

—Tú sabes algo.

Samuel respondió:

SAMUEL:

—No dije nada.

Marta caminó hacia él.

MARTA:

—Precisamente.

—Todo el pueblo lleva una hora hablando y tú no has dicho una palabra.

Samuel miró a Soberano.

SAMUEL:

—Porque hablar no ayuda al caballo.

Ramiro intervino.

RAMIRO:

—Samuel, no empieces.

Marta se giró inmediatamente.

MARTA:

—¿No empiece qué?

Ramiro negó.

RAMIRO:

—Nada.

Ahora todos querían saber.


EL CABALLO LLEGÓ AL PUEBLO SEIS MESES ANTES

Soberano no había nacido en San Jerónimo.

Ramiro lo compró en una venta de ganado al norte.

Había pagado relativamente poco por un caballo de aquella calidad.

La explicación era sencilla.

El animal tenía problemas de manejo.

Había cambiado de propietario varias veces.

Ramiro vio una oportunidad.

Si conseguía entrenarlo, podía multiplicar su valor.

Durante meses contrató diferentes jinetes.

El resultado siempre era parecido.

Soberano toleraba la silla.

Permitía ciertos trabajos.

Pero cuando alguien intentaba controlarlo con demasiada fuerza, reaccionaba inmediatamente.

Samuel trabajó con él durante casi dos meses.

No intentando montarlo.

Solamente acercándose.

Caminando.

Cepillándolo.

Ganándose su confianza.

Un día Ramiro preguntó:

RAMIRO:

—¿Cuándo vas a subirte?

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Cuando esté listo.

Ramiro contestó:

RAMIRO:

—Te estoy pagando para entrenarlo.

SAMUEL:

—Eso estoy haciendo.

Ramiro señaló al caballo.

RAMIRO:

—Los otros se suben.

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Y por eso todos terminan en el suelo.

Ramiro perdió la paciencia.

RAMIRO:

—¿Entonces tú qué propones?

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Tiempo.

Ramiro odiaba esa respuesta.

Tiempo significaba dinero.

Comida.

Espacio.

Meses sin poder vender.

Finalmente retiró a Samuel del trabajo.

Trajo otros entrenadores.

Soberano comenzó a empeorar.

Hasta que su fama se convirtió en espectáculo.

Y Ramiro descubrió otra manera de ganar dinero:

la gente pagaba por verlo.


EL ANCIANO QUE CONOCÍA LA VERDAD

Entre el público también estaba Don Jacinto Serrano.

No era el esposo de Marta; aunque compartían el nombre, todos en la región lo conocían simplemente como Don Jacinto el Viejo.

Tenía setenta y cuatro años.

Bigote completamente gris.

Camisa de cuadros.

Chaleco marrón.

Había trabajado con caballos durante más de cincuenta años.

Cuando vio a Soberano por primera vez aquella mañana, se quedó inmóvil.

Algo en el animal le resultaba familiar.

No la apariencia completa.

Un detalle.

La forma de la cabeza.

Una pequeña marca blanca casi escondida cerca del pecho.

Y especialmente la manera en que levantaba una de las patas delanteras cuando estaba inquieto.

Don Jacinto se acercó lentamente.

DON JACINTO:

—¿De dónde dijiste que viene?

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—Del norte.

DON JACINTO:

—Eso no significa nada.

Ramiro suspiró.

RAMIRO:

—De Chihuahua.

El anciano cambió de expresión.

DON JACINTO:

—¿Qué parte?

Ramiro respondió.

Don Jacinto dejó de escuchar durante unos segundos.

Había recordado algo.

Treinta años atrás había trabajado para una familia conocida por criar caballos negros.

Los Serrano de la Sierra.

Animales fuertes.

Resistentes.

Muy inteligentes.

Pero especialmente sensibles al trato brusco.

Durante generaciones seleccionaron caballos que trabajaban estrechamente con un mismo jinete.

Los animales aprendían a confiar profundamente.

Y cuando se rompía esa confianza podían volverse extremadamente difíciles.

La línea había prácticamente desaparecido después de una crisis económica.

Los caballos fueron vendidos por todo el país.

Don Jacinto caminó hacia Soberano.

DON JACINTO:

—Déjame verlo.

Ramiro preguntó:

RAMIRO:

—¿Para qué?

DON JACINTO:

—Porque creo que conozco de dónde viene.

Ahora incluso Ramiro estaba interesado.


EL SÍMBOLO ESCONDIDO

Don Jacinto se acercó con cuidado.

No intentó tocar inmediatamente al caballo.

Esperó.

Soberano olió su mano.

El anciano sonrió.

DON JACINTO:

—Tranquilo.

Pasó la mano por el cuello.

Después revisó debajo de la crin.

Encontró una pequeña marca.

Casi invisible.

Don Jacinto respiró profundamente.

DON JACINTO:

—Lo sabía.

Marta preguntó:

MARTA:

—¿Qué?

El anciano señaló.

DON JACINTO:

—Esta marca.

Ramiro se acercó.

RAMIRO:

—¿Qué tiene?

Don Jacinto respondió:

DON JACINTO:

—Ese símbolo se utilizaba en los caballos de Rancho Serrano.

Samuel levantó inmediatamente la cabeza.

Había escuchado hablar de ellos.

Marta preguntó:

MARTA:

—¿Y eso qué significa?

Don Jacinto miró a Soberano.

DON JACINTO:

—Que este caballo probablemente viene de una línea que tardó generaciones en formarse.

El público comenzó a murmurar.

Ramiro sonrió.

Estaba pensando exactamente en lo que aquello podía significar económicamente.

Don Jacinto lo notó.

DON JACINTO:

—No sonrías todavía.

Ramiro frunció el ceño.

DON JACINTO:

—También significa que probablemente lo han estado entrenando de la peor manera posible.

El ambiente cambió.


SOBERANO NO ERA “IMPOSIBLE”

Don Jacinto explicó.

Los caballos de aquella línea no se habían criado para espectáculos de fuerza.

Trabajaban con jinetes que pasaban años con ellos.

Respondían a señales pequeñas.

Al cuerpo.

A la voz.

A la confianza.

El uso excesivo de fuerza podía provocar resistencia.

Samuel escuchaba.

Todo coincidía con lo que había observado.

SAMUEL:

—Por eso cuando lo presionan, pelea.

Don Jacinto asintió.

DON JACINTO:

—Exactamente.

Ramiro se defendió.

RAMIRO:

—¿Entonces me están diciendo que nadie puede montarlo?

Don Jacinto negó.

DON JACINTO:

—Estoy diciendo que el problema quizá no sea quién puede vencer al caballo.

Hizo una pausa.

DON JACINTO:

—Sino a quién decide aceptar.

El público guardó silencio.

Marta miró a Samuel.

Ahora entendía por qué él nunca había querido subirse por la fuerza.


RAMIRO PROPONE EL RETO

Ramiro no estaba dispuesto a quedar como un ignorante delante de todo el pueblo.

RAMIRO:

—Perfecto.

Extendió los brazos.

RAMIRO:

—Entonces que alguien lo demuestre.

Don Jacinto respondió:

DON JACINTO:

—No necesitas convertir todo en espectáculo.

Ramiro contestó:

RAMIRO:

—Todo el pueblo vino a verlo.

Señaló a Samuel.

RAMIRO:

—Tú dices que sabes cómo tratarlo.

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Nunca dije que podía montarlo.

Ramiro sonrió.

RAMIRO:

—Entonces ¿qué sabes realmente?

La frase molestó a Samuel.

Marta intervino.

MARTA:

—No tiene que probarte nada.

Ramiro levantó una ceja.

RAMIRO:

—Hace un momento eras tú quien quería subir.

Marta guardó silencio.

Tenía razón.

Ella también había llegado queriendo demostrar algo.

Don Jacinto miró a ambos.

DON JACINTO:

—Ahí tienen el problema.

Todos lo miraron.

DON JACINTO:

—Ninguno está pensando en el caballo.


SAMUEL SE ACERCA

Samuel finalmente entró al corral.

No llevaba silla.

Ramiro preguntó:

RAMIRO:

—¿Y la montura?

Samuel respondió:

SAMUEL:

—No la necesito todavía.

El público comenzó a hablar.

Samuel caminó despacio.

Soberano lo observó.

El caballo parecía reconocerlo.

Samuel se detuvo a varios metros.

No avanzó.

Soberano movió una oreja.

Samuel habló en voz baja.

SAMUEL:

—Hola, viejo.

Ramiro se burló.

RAMIRO:

—¿Ahora conversan?

Samuel ignoró.

Soberano dio un paso.

Después otro.

El público comenzó a callarse.

Finalmente el caballo llegó frente a Samuel.

El hombre levantó la mano.

Soberano permitió que tocara su frente.

Marta abrió ligeramente la boca.

MARTA:

—Lo conoce.

Don Jacinto respondió:

DON JACINTO:

—No.

Miró con atención.

DON JACINTO:

—Confía en él.


LO QUE SAMUEL NUNCA HABÍA CONTADO

Samuel llevaba meses visitando al caballo incluso después de dejar de entrenarlo oficialmente.

No todos los días.

Cuando podía.

A veces temprano.

A veces después del trabajo.

No lo hacía para cobrar.

Ramiro ni siquiera lo sabía.

Le llevaba comida.

Lo cepillaba.

Caminaba con él.

Samuel había perdido su propio caballo años atrás.

Un animal llamado Trueno.

Después de aquello no volvió a tener uno.

Soberano había despertado algo.

No quería poseerlo.

Simplemente no quería verlo convertido en una atracción donde cada persona intentaba demostrar que podía dominarlo.


RAMIRO SE ENTERA

Ramiro escuchó la historia.

Se enfadó.

RAMIRO:

—¿Entrabas a mi rancho sin permiso?

Samuel respondió:

SAMUEL:

—A veces.

Ramiro abrió los ojos.

RAMIRO:

—¿A veces?

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Lo siento.

Ramiro señaló la puerta.

RAMIRO:

—Todavía puedes irte.

Samuel miró a Soberano.

Después al público.

SAMUEL:

—Sí.

Soltó suavemente la cuerda.

Se preparó para marcharse.

Entonces ocurrió algo.

Soberano lo siguió.

Samuel se detuvo.

Caminó nuevamente.

El caballo volvió a seguirlo.

Un murmullo recorrió el lugar.

Samuel se giró.

Soberano permaneció a menos de un metro.

Don Jacinto sonrió.

DON JACINTO:

—Parece que alguien ya eligió.

Ramiro dejó de hablar.


MARTA CAMBIA DE OPINIÓN

Marta se acercó.

MARTA:

—Yo ya no quiero montarlo.

Ramiro preguntó:

RAMIRO:

—¿Ahora tienes miedo?

Marta negó.

MARTA:

—No.

Miró a Samuel y al caballo.

MARTA:

—Ahora entiendo que no necesito demostrar que puedo.

Aquello sorprendió incluso a su esposo.

Jacinto sonrió.

JACINTO:

—Milagro.

Marta lo miró.

MARTA:

—No arruines el momento.

El público rió.

La tensión disminuyó un poco.


EL RETO CAMBIA

Ramiro sabía que la jornada debía terminar de alguna manera.

Había anunciado una competencia.

Cientos de personas habían venido.

Pero ahora intentar montar al caballo por fuerza parecía absurdo.

Don Jacinto propuso otra cosa.

DON JACINTO:

—Deja que Samuel trabaje con él.

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—¿Cuánto tiempo?

DON JACINTO:

—El que necesite.

Ramiro casi se ríe.

RAMIRO:

—Eso no es una competencia.

Don Jacinto respondió:

DON JACINTO:

—Ese es el punto.

Ramiro miró al público.

Después al caballo.

Finalmente aceptó una demostración.

No se trataba de permanecer montado.

Samuel simplemente mostraría hasta dónde podía llegar Soberano sin ser obligado.


LA PRIMERA SILLA

Samuel tomó una montura ligera.

La enseñó al caballo.

Permitió que la oliera.

La colocó lentamente.

Soberano se tensó.

Samuel esperó.

Nada de tirones.

Nada de gritos.

Después ajustó.

Caminó con él.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Algunas personas comenzaron a impacientarse.

HOMBRE DEL PÚBLICO:

—¡Súbete!

Don Jacinto se giró.

DON JACINTO:

—Si tiene prisa vaya a ver una carrera.

El hombre dejó de gritar.

Samuel continuó.

Finalmente colocó el pie en el estribo.

Soberano levantó la cabeza.

Samuel bajó.

Esperó.

Volvió a intentar.

Esta vez el caballo permaneció quieto.

Samuel subió parcialmente.

Después bajó.

Ramiro preguntó:

RAMIRO:

—¿Por qué no terminaste?

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Porque me dijo que todavía no.

Ramiro negó.

RAMIRO:

—Los caballos no hablan.

Don Jacinto sonrió.

Era exactamente lo mismo que sus maestros le habían enseñado décadas atrás.


EL MOMENTO DECISIVO

Después de casi media hora Samuel volvió a colocarse junto al caballo.

Respiró.

Soberano también.

Samuel tomó el estribo.

Subió.

Esta vez quedó sentado.

El público dejó de hacer ruido.

Soberano levantó la cabeza.

Dio un paso.

Samuel no tiró de las riendas.

Otro.

Después comenzó a caminar por el corral.

Nada espectacular.

No corrió.

No saltó.

No hubo movimientos impresionantes.

Simplemente caminó.

Y precisamente por eso fue extraordinario.

El animal que supuestamente “nadie podía montar” caminaba tranquilamente con un hombre sobre su espalda.

Marta sonrió.

Jacinto aplaudió primero.

Después alguien más.

En segundos todo el corral estaba aplaudiendo.

Samuel levantó una mano.

No para celebrar.

Para pedir silencio.

El ruido disminuyó.

Soberano seguía tranquilo.


RAMIRO NO SABÍA QUÉ DECIR

Samuel bajó.

Acarició al caballo.

Ramiro se acercó.

Su expresión era completamente diferente.

RAMIRO:

—¿Cómo?

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Tiempo.

Era la misma palabra que Ramiro había rechazado meses atrás.

Ahora tenía otra importancia.

Ramiro preguntó:

RAMIRO:

—¿Por qué contigo?

Samuel miró a Soberano.

SAMUEL:

—No creo que sea solamente conmigo.

Hizo una pausa.

SAMUEL:

—Creo que simplemente estaba esperando a que alguien dejara de intentar ganarle.

Don Jacinto asintió.


LA PROPUESTA INESPERADA

Ramiro caminó unos pasos.

Parecía pensar.

Finalmente regresó.

RAMIRO:

—¿Cuánto quieres?

Samuel frunció el ceño.

SAMUEL:

—¿Por qué?

RAMIRO:

—Por el caballo.

Samuel comenzó a reír.

Pensaba que Ramiro estaba bromeando.

No.

RAMIRO:

—Dime una cantidad.

Samuel negó.

SAMUEL:

—No tengo dinero para comprarlo.

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—No pregunté cuánto tienes.

—Pregunté cuánto quieres pagar.

Samuel volvió a negar.

SAMUEL:

—No podría.

Ramiro miró al animal.

Después al público.

RAMIRO:

—Entonces hagamos otra cosa.


EL TRATO

Ramiro propuso que Samuel volviera a encargarse de Soberano.

Esta vez oficialmente.

Sin presión para venderlo inmediatamente.

Si con el tiempo conseguían rehabilitar completamente su manejo, Samuel recibiría una participación en cualquier ingreso futuro relacionado con el caballo.

Pero había una condición.

Ramiro seguiría siendo propietario.

Samuel pensó.

Parecía un buen acuerdo.

Pero preguntó:

SAMUEL:

—¿Y los espectáculos como este?

Ramiro miró alrededor.

RAMIRO:

—Se acabaron.

Samuel lo miró sorprendido.

RAMIRO:

—Ya entendí.

Don Jacinto preguntó:

DON JACINTO:

—¿Seguro?

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—No soy tan terco.

Marta murmuró:

MARTA:

—Eso está por verse.

Varias personas rieron.

Incluso Ramiro.


LA HISTORIA DE LA LÍNEA DE SOBERANO

Durante las semanas siguientes Don Jacinto investigó.

Buscó antiguos registros.

Habló con conocidos.

Encontró fotografías.

Finalmente confirmó que Soberano descendía efectivamente de aquella antigua línea de Chihuahua.

Pero descubrió algo todavía más interesante.

Los antepasados del caballo no eran famosos porque fueran imposibles de montar.

Todo lo contrario.

Eran conocidos por desarrollar vínculos extraordinarios con sus jinetes.

Los relatos antiguos hablaban de caballos que trabajaban durante años con una misma persona.

Su reputación de dificultad había aparecido más tarde, cuando algunos ejemplares cambiaron demasiadas veces de dueño.

Don Jacinto explicó:

DON JACINTO:

—No heredó una maldición.

Samuel sonrió.

DON JACINTO:

—Heredó sensibilidad.

Eso cambiaba la historia completamente.


RAMIRO ADMITE SU ERROR

Una tarde Ramiro encontró a Samuel trabajando.

RAMIRO:

—Te debo una disculpa.

Samuel lo miró.

SAMUEL:

—¿A mí?

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—Y al caballo.

Samuel sonrió.

Ramiro continuó:

RAMIRO:

—Quería recuperar rápido lo que pagué.

—Cada semana que pasaba sin poder venderlo me molestaba.

Samuel escuchó.

RAMIRO:

—Así que presioné.

—Cambió de entrenador.

—Más presión.

—Más gente.

Miró a Soberano.

RAMIRO:

—Y cada vez estaba peor.

Samuel respondió:

SAMUEL:

—No lo hiciste para dañarlo.

Ramiro contestó:

RAMIRO:

—No tener mala intención no significa hacer las cosas bien.

Samuel asintió.

Era verdad.


MARTA REGRESA

Marta no se olvidó del caballo.

Un día regresó.

MARTA:

—¿Puedo acercarme?

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Claro.

Pero le explicó cómo.

Sin invadir.

Sin exigir.

Marta pasó varios minutos junto a Soberano.

El caballo finalmente permitió que lo tocara.

Ella sonrió.

MARTA:

—Hace un mes quería subirme encima a demostrar algo.

Samuel preguntó:

SAMUEL:

—¿Y ahora?

Marta respondió:

MARTA:

—Ahora estoy contenta con que me deje rascarle la frente.

Samuel rió.

MARTA:

—Uno envejece.

SAMUEL:

—En un mes avanzaste muchísimo.

Ella lo empujó ligeramente.


JACINTO Y MARTA

El esposo de Marta también fue.

Miró a Samuel trabajando.

Después le dijo a su mujer:

JACINTO:

—Yo te dije que no subieras.

Marta lo miró.

MARTA:

—No empieces.

JACINTO:

—Solo digo.

Marta señaló a Samuel.

MARTA:

—Él me convenció.

Jacinto respondió:

JACINTO:

—Pero yo tenía razón primero.

Marta se alejó.

MARTA:

—Sigue hablando y duermes con los caballos.

Samuel comenzó a reír.


SEIS MESES DESPUÉS

Soberano era otro caballo.

No porque hubiera cambiado completamente su personalidad.

Seguía alerta.

Seguía siendo sensible.

No cualquiera podía montarlo.

Pero ya no reaccionaba ante cada acercamiento.

Samuel trabajaba con otras personas para que el caballo aprendiera a aceptar diferentes cuidadores.

Poco a poco.

Sin forzar.

Ramiro había recibido varias ofertas.

Algunas muy altas.

Las rechazó.

Un amigo preguntó:

AMIGO:

—¿Te volviste loco?

Ramiro respondió:

RAMIRO:

—Quizá.

Miró a Soberano.

RAMIRO:

—Pero ya perdí suficiente dinero intentando tener prisa.


UNA NUEVA COMPETENCIA

Al año siguiente volvieron a organizar la feria.

Todo el pueblo preguntaba:

“¿Va a estar Soberano?”

Sí.

Pero no como antes.

No habría un reto para ver quién conseguía permanecer sobre él.

Samuel hizo una demostración de trabajo.

Después permitió que Don Jacinto explicara la historia de la línea.

El caballo se convirtió en una oportunidad para enseñar.

Ramiro incluso colocó un cartel:

“EL RESPETO TAMBIÉN SE ENTRENA.”

Marta lo leyó.

MARTA:

—Eso suena demasiado inteligente para haberlo escrito Ramiro.

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Lo escribió su hija.

Marta comenzó a reír.


EL MOMENTO MÁS INESPERADO

Al final de la exhibición Ramiro tomó el micrófono.

RAMIRO:

—Quédense un momento.

Samuel estaba junto a Soberano.

Ramiro se acercó.

Sacó una carpeta.

RAMIRO:

—Hace un año dije que este caballo era mío.

El público escuchó.

RAMIRO:

—Legalmente lo era.

Miró a Samuel.

RAMIRO:

—Pero cualquiera que haya estado aquí durante estos meses sabe quién ha sido realmente responsable por él.

Samuel comenzó a sospechar.

RAMIRO:

—He decidido transferir una parte de su propiedad a Samuel.

El hombre abrió los ojos.

SAMUEL:

—Ramiro.

Él levantó una mano.

RAMIRO:

—Déjame terminar.

La gente comenzó a aplaudir.

RAMIRO:

—No es un regalo.

Samuel sonrió.

Eso sonaba más a Ramiro.

RAMIRO:

—Te lo has ganado trabajando.

Entregó los documentos.

Samuel los miró.

No sabía qué decir.

Don Jacinto estaba cerca.

DON JACINTO:

—Por una vez puedes quedarte callado.

El público rió.

Samuel abrazó a Ramiro.


AÑOS DESPUÉS

Soberano nunca se convirtió en el caballo más famoso del país.

No hizo falta.

Participó en algunas exhibiciones.

En algunas competencias controladas.

Pero gran parte de su vida transcurrió en el rancho.

Samuel terminó creando un pequeño programa para trabajar con caballos considerados “difíciles”.

No prometía milagros.

Siempre repetía:

SAMUEL:

—Hay animales que necesitan entrenamiento especializado.

—Hay casos donde se necesita un veterinario.

—Y hay caballos que simplemente no son adecuados para ciertas personas.

No quería convertir la historia de Soberano en una receta universal.

Pero sí había aprendido un principio:

la fuerza no siempre resuelve aquello que la falta de confianza creó.


DON JACINTO ENTREGA SU SOMBRERO

Años después Don Jacinto ya caminaba con dificultad.

Visitó a Samuel.

Se sentó junto al corral.

Soberano estaba más viejo.

Samuel también tenía algunas canas.

DON JACINTO:

—Parece que los dos envejecieron.

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Tú no.

Don Jacinto sonrió.

DON JACINTO:

—Mentiroso.

Se quitó el sombrero.

Uno viejo.

Gastado.

Se lo entregó.

SAMUEL:

—¿Qué hago con esto?

DON JACINTO:

—Úsalo.

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Tengo sombrero.

Don Jacinto lo miró.

DON JACINTO:

—Entonces tíralo.

Samuel comenzó a reír.

Guardó el viejo sombrero.

Sabía que aquello era mucho más que una prenda.


LA ÚLTIMA VEZ QUE MARTA MONTÓ A SOBERANO

Sí.

Finalmente ocurrió.

Muchos años después.

Soberano ya estaba más tranquilo.

Marta también.

Samuel estuvo presente.

MARTA:

—¿Seguro?

Samuel respondió:

SAMUEL:

—Tú eras la que quería montarlo a cualquier precio.

Marta dijo:

MARTA:

—Ahora tengo más cosas que me duelen.

Samuel sonrió.

La ayudó.

Marta subió.

Soberano permaneció quieto.

Después comenzaron a caminar.

Nada espectacular.

Una vuelta lenta.

Cuando Marta bajó tenía lágrimas en los ojos.

Jacinto preguntó:

JACINTO:

—¿Valió la pena esperar?

Marta respondió:

MARTA:

—Sí.

Después miró a Samuel.

MARTA:

—Pero si me hubiera subido aquel primer día probablemente habría terminado mirando el cielo desde el suelo.

Samuel comenzó a reír.


REFLEXIÓN FINAL

NARRADOR:

A primera vista, la historia de Soberano parecía tratar de descubrir quién era suficientemente fuerte para dominar al caballo más difícil del pueblo.

Pero esa nunca fue la verdadera pregunta.

La pregunta era:

¿Por qué tenía que ser dominado?

Durante meses cada persona se acercó queriendo vencer.

Conseguir permanecer encima.

Probar algo.

Demostrar valentía.

Ganar prestigio.

Samuel fue diferente.

No empezó preguntando:

“¿Cómo hago que me obedezca?”

Comenzó preguntando:

“¿Qué necesita para confiar?”

Y ese pequeño cambio transformó toda la relación.


NO TODA RESISTENCIA SIGNIFICA MALDAD

Cuando un animal reacciona, puede haber muchas causas.

Miedo.

Dolor.

Experiencias anteriores.

Confusión.

Falta de entrenamiento adecuado.

Por eso ningún caballo real debería evaluarse solamente desde una historia dramática.

Los problemas de comportamiento pueden requerir profesionales cualificados y evaluación veterinaria.

En nuestra historia, el mayor error fue convertir el problema de Soberano en entretenimiento antes de comprenderlo.


MARTA APRENDIÓ QUE NO TODO RETO MERECE RESPUESTA

Marta tenía experiencia.

Podía montar.

Pero cuando Ramiro puso en duda su capacidad sintió inmediatamente la necesidad de demostrarlo.

Después se preguntó:

“¿Para qué?”

No toda provocación merece una respuesta.

A veces negarse a participar no significa miedo.

Significa criterio.


RAMIRO NO ERA UN HOMBRE MALO

Quería obtener rendimiento de una inversión.

Ese objetivo no era extraño.

Su error fue tener tanta prisa que comenzó a medir cada semana solamente por cuánto dinero estaba perdiendo.

Cuando finalmente redujo la presión, descubrió que cuidar mejor al animal también era una mejor decisión económica.

Pero para entonces la lección ya no era solamente dinero.

Era responsabilidad.


SAMUEL NO “VENCIÓ” AL CABALLO

Este detalle importa.

Samuel no ganó una batalla contra Soberano.

No demostró que fuera el hombre más fuerte.

Simplemente había invertido meses en establecer una relación.

Y aun así seguía respetando límites.

La confianza no significa control absoluto.


DON JACINTO REPRESENTABA ALGO QUE NO APARECE EN LOS MANUALES

Experiencia.

Había visto caballos parecidos décadas atrás.

Reconoció una marca.

Recordó historias.

Eso no significaba que supiera todo.

Cuando encontró el símbolo no dijo:

“Sé exactamente lo que ocurre.”

Dijo:

“Investiguemos.”

La experiencia es más útil cuando nos ayuda a hacer mejores preguntas, no cuando nos convence de que ya tenemos todas las respuestas.


LA FAMA CAMBIÓ

Al principio las personas decían:

“Soberano, el caballo que nadie puede montar.”

Años después decían:

“Soberano, el caballo que enseñó a un pueblo a tener paciencia.”

Era menos espectacular.

Pero mucho más cercano a la verdad.


EL ÚLTIMO DÍA

Muchos años después Soberano estaba viejo.

Samuel entró al corral.

El caballo levantó la cabeza.

Caminó hacia él lentamente.

Samuel acarició su frente.

Ya no había multitudes.

Ni micrófonos.

Ni apuestas.

Ni hombres discutiendo.

Solo ellos dos.

Samuel sonrió.

SAMUEL:

—Mira todo el problema que causaste.

Soberano respiró.

Samuel añadió:

SAMUEL:

—Aunque la mitad fue culpa nuestra.

Se sentó cerca.

Recordó aquel primer domingo.

Ramiro hablando frente al pueblo.

Marta exigiendo montarlo.

Jacinto intentando detenerla.

Don Jacinto reconociendo la marca.

Y él mismo parado detrás de una cerca sin querer decir lo que sabía.

Todo comenzó con una pregunta:

“¿Quién puede montar este caballo?”

Años después Samuel sabía que la pregunta correcta había sido otra:

“¿Quién está dispuesto a conocerlo antes de intentarlo?”


CIERRE FINAL

NARRADOR:

Aquella mañana todo San Jerónimo llegó buscando espectáculo.

Querían ver a un jinete caer.

Querían ver un caballo difícil.

Querían poder contar después:

“Yo estuve allí.”

Pero terminaron viendo algo mucho más sencillo.

Un hombre caminando lentamente junto a un caballo.

Esperando.

Retrocediendo cuando hacía falta.

Volviendo a intentar.

Sin violencia.

Sin orgullo.

Y cuando finalmente Samuel subió, Soberano no se convirtió mágicamente en otro animal.

Simplemente ocurrió algo que había tardado meses en construirse:

confió.

Ramiro había comprado al caballo.

Pero comprendió que un recibo de compra no le daba automáticamente una relación con él.

Marta tenía experiencia.

Pero comprendió que su experiencia no la obligaba a aceptar todos los desafíos.

Don Jacinto conocía el pasado.

Pero entendió que el pasado solo servía si ayudaba a tomar mejores decisiones en el presente.

Y Samuel…

el trabajador al que algunos apenas habían mirado al comenzar la jornada…

terminó demostrando algo sin necesidad de decir que era mejor que nadie.

La paciencia también es una forma de habilidad.

Cuando terminó la exhibición, una niña se acercó a Samuel.

Preguntó:

NIÑA:

—¿Cómo hiciste para que te quisiera?

Samuel sonrió.

Miró a Soberano.

Después respondió:

SAMUEL:

—Yo no hice que me quisiera.

La niña frunció el ceño.

SAMUEL:

—Solo dejé de darle razones para tener miedo de mí.

La pequeña miró al caballo.

Samuel acarició su cuello.

Y a unos metros, Ramiro escuchó la respuesta.

Sonrió.

Porque por fin entendía por qué todos los intentos anteriores habían fracasado.

Habían estado preguntando:

“¿Cómo controlamos a Soberano?”

Cuando debieron empezar preguntando:

“¿Cómo logramos que Soberano quiera trabajar con nosotros?”

Y aquella diferencia…

había tardado meses en descubrirse.

Pero cambió para siempre la historia del caballo que todo el pueblo creyó imposible de montar.

por Daton

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *