El secreto bajo los cimientos

El estruendo de las hélices gemelas retumbaba sobre las láminas de zinc de la favela, levantando una densa nube de polvo que cegaba la terraza. Las sombras de los efectivos de fuerzas especiales descendiendo a toda velocidad por las cuerdas se proyectaban sobre el concreto caliente del piso. El Patrón permaneció inmóvil en su silla por unos segundos, clavando una mirada de acero sobre los tres hombres de su círculo cercano. La traición olía más fuerte que el combustible quemado de las naves. Ningún operativo de semejante magnitud llegaba a la zona más alta del cerro sin una filtración interna exacta.

«Síganme», ordenó con una frialdad que congeló el pánico de sus lugartenientes.

Irrumpieron en la construcción a medio terminar de la planta baja justo cuando los impactos de las botas tácticas resquebrajaban el techo de arriba. El Patrón corrió hacia el fondo del recinto, donde se erigía un pesado armario de caoba que parecía llevar décadas abandonado. Con un tirón seco y preciso, desplazó el panel falso del fondo, dejando al descubierto un pasadizo estrecho y húmedo que se hundía verticalmente hacia las entrañas de la montaña.

«Nadie ha entrado ahí en años…», murmuró el más joven de sus escoltas, dudando en la penumbra del umbral.

«Por eso mismo es el único lugar donde no nos buscarán», sentenció el Patrón, empujándolos al interior antes de sellar la entrada secreta justo a tiempo.

La oscuridad del túnel era absoluta, interrumpida solo por el retumbo amortiguado de las detonaciones y las órdenes de registro que la policía gritaba arriba en la casa. Avanzaron a tientas por el angosto camino de tierra y piedra que serpenteaba bajo las bases del barrio. Tras diez minutos de marcha en silencio, el Patrón se detuvo en seco, sacó una linterna táctica e iluminó directamente el rostro del hombre de los lentes oscuros.

Con un movimiento relámpago, le arrancó el collar de oro del cuello. De la medalla hueca cayó un pequeño microtransmisor con un diodo rojo parpadeando en la penumbra. El traidor intentó llevarse la mano a la cintura, pero el chasquido del arma del Patrón ya cortaba el aire.

«La policía cree que este túnel me acorraló», murmuró el Patrón mientras el traidor se desplomaba sobre la tierra. «Pero el verdadero secreto de ‘La escondida’ es que solo conduce a mi libertad».

Minutos después, la escotilla de salida al otro lado del cerro se abrió, y el Patrón abordó el vehículo que lo aguardaba para perderse definitivamente en el tráfico de la ciudad.

por Daton

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *